Ilustración: Diego Oyarzún.

Primer lugar

Cambio de puesto

En la mitad de una chacarera entrecortada que llegaba por el dial le pareció que decían algo sobre Chile. Cuando miró a su alrededor, la soledad era la misma de siempre. Solo varios meses después supo que algo había cambiado, y es que, claro, cómo iba a notar él que ahora las ovejas eran funcionarios del Ejército.

Pablo Cifuentes Vladilo, 31 años, Punta Arenas.

Ilustración: Rubén Sillard.

Talento Infantil

El ovejero

Una vez iba un pastor magállanico bajo las Torres del Paine recorriendo zona por zona. Cuando llegó a Natales alimentó a sus ovejas, para finalizar en la comuna de Punta Arenas. Cruzando la ruta por Río Seco, las ovejas y él sintieron el verdadero frío que había en esta región. Ya llegando a Vicente Reyes, subió un montículo y no pudo más, y en sus pasos el pastor se congeló, al igual que sus ovejas magallánicas.

Eduardo Cortés Álvarez, 12 años, Punta Arenas.

Ilustración: Diego Oyarzún.

Talento Joven

En casa

El viento ruge y golpea las ventanas. La lluvia repiquetea contra el techo, música habitual en mi día a día. El sonido del crepitar de las llamas de la estufa y su calor inundan la casa. El gato maúlla perezosamente y se estira en la ventana, que da vista a un paisaje desolado, sin vegetación, pura pampa. Mucha gente va y viene, encontrando lindo el lugar. Para mí, este paisaje y su clima no tienen nada nuevo. Es parte de mi vida. Me siento en casa.

Lilou Mercado Blond, 15 años, Natales.

Ilustración: Rubén Sillard.

Mención Honrosa

Yámana

Me fue dado por Watauinewa sumergirme en las frías aguas del Canal Beagle. Usando como sedal mi pelo para obtener los frutos del mar para alimentar a mi familia, viví mil tormentas en la anan con mis padres. Entonces, me miré en los ojos color de mar del hombre piel pálida que me salvó de los loberos, y envejecí con él. Mis hijos se llaman Philip y John, no son yámanas ni extranjeros. Hoy con la complicidad de la noche interpelo mi pasado y solo son sombras tristes y difusas las que parecen responderme. Estoy quedando sola.

María Espicel Nahuelquín, 32 años, Punta Arenas.

Ilustración: Rodrigo Úrzúa.

Mención Honrosa

Kopja

Cuando el capitán Ramírez y sus marinos depredadores invadieron la isla en busca de los «popes» que proliferaban como copos en los roqueríos, la tribu yagán fue masacrada y Kopja, el último sobreviviente, se encomendó a la luna para convertirse en lobo, y, acorralado por las balas y los perros, saltó al mar desde un barranco. Los invasores creyeron su labor cumplida. Pero una tarde, mientras Ramírez miraba el horizonte en la proa de su lancha, fue alcanzado por un enorme lobo que lo aferró del cuello arrastrándolo a las profundidades. Desde entonces la isla se quedó desierta.

Iván Rojel Figueroa, 51 años, Punta Arenas.

Ilustración: Alejandro Délano.

Mención Honrosa

Réquiem a Pedro

El hombre todos los días burlaba el horror observando las estrellas, hostigando galaxias y quásares con pequeños telescopios o solo de memoria. Esas miradas al infinito imprimieron una coraza en su temple que le ayudó a olvidar los dolores terrenales. Aunque estuvo dos años en Isla Dawson, solo pudo escapar del lugar definitivamente el día de su muerte.

Cristián Morales Contreras, 49 años, Punta Arenas.

Ilustración: Rodrigo Úrzúa.

Mención Honrosa

Bobby

Cuando Jorge me dijo que iría a la plaza para tocar su guitarra, sabía que había algo malo en él. Tenía una sonrisa forzada en su rostro. Además, su voz tenía un tono quebradizo, diferente al que solía tener por las mañanas cuando sobrevivíamos al frío de la noche. No me di cuenta en el momento en que el sol empezó a ocultarse en las montañas y empecé a temblar por el frío. Entonces entendí que Jorge no volvería. Él iría a su casa en la 18 y yo me quedaría aquí, aullando con los demás perros bajo el puente.

Ignacio Rojas Maldonado, 22 años, Punta Arenas.

Ilustración: Alejandro Délano

Mención Honrosa

Barrio rojo

Todos los días la veía caminando por la Errázuriz con dirección desconocida. Era una mujer alta, delgada, buena moza, pero algo triste de rostro. Yo quería regalarle unos ajitos más que sea. Ella solo quería dejar de pasar por ahí.

Cecilia Saldivia Vera, 30 años, Punta Arenas.